
THE CRUSHER OF SNEZHNAYA
Dimitry Kuzmin
"Creeme, tengo más razones para ser un héroe que para matar a uno..."
“Kuzmin era un pueblo minero. Éramos fuertes, eso les agradaba”
𝑫𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒎𝒂́𝒔 𝒅𝒆 𝒅𝒐𝒔 𝒎𝒊𝒍, 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒒𝒖𝒊𝒏𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐𝒔.Hace años que las autoridades encubrieron un desastre causado en los territorios más pobres de Snezhnaya, cientos de adultos de un pequeño poblado minero fueron atrapados por un derrumbe presuntamente accidental, y los pequeños perdidos fueron rápidamente llevados a un orfanato en la frontera.𝑫𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒊𝒏𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐𝒔, 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒅𝒐𝒔𝒄𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐𝒔 𝒄𝒊𝒏𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒂.Entre aquellos, un jovencito de cabellos negruzcos y canos, ojos perdidos y una expresión siempre cohibida, el pequeño era el último del poblado de Kuzmin en ingresar al recinto donde la tsarina les había permitido estar. O al menos, esas eran las versiones oficiales. Los muchachos fueron sometidos a experimentos, constantes investigaciones y un recurrente entrenamiento que llevó a sus cuerpos directo hasta el límite de lo que el cuerpo podía soportar. Los científicos detrás del experimento tenían una idea sencilla, entrenar sus cuerpos para sobrevivir desde pequeños y estudiar las diferencias que causaría en su fisonomía, comparándolos a niños que seguían su educación en la ciudad y entrenaban de forma poco constante.Bosques, llanuras, e incluso la tundra, climas distintos y métodos distintos. Los doscientos cincuenta muchachos debían aprender a sobrevivir y alimentarse con lo que hubiese, incluso si en algunos momentos eso llevaba a trabajar en equipo o atacar a sus compañeros por provisiones.Entre ellos, el pequeño era uno más del montón, nada destacable a nivel físico. Sin embargo, lo que siempre se veía en los circuitos era el esfuerzo, lo que a chicos más potentes físicamente les costaba poco, él llegaba con todo el sudor de su frente. Podía alcanzar los puestos más altos en las estadísticas en base al sobreesfuerzo y aquella imborrable sonrisa al recibir un elogio de los médicos que le analizaron. No era raro escuchar que en algún momento, llegara a la enfermería con un desgarro o una sobrecarga muscular, pero con una anécdota a viva voz de como pudo sobrepasar en velocidad a quien consideraba más rápido que él.𝑫𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒅𝒐𝒔𝒄𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐𝒔 𝒄𝒊𝒏𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒂, 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒄𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐 𝒄𝒊𝒏𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒂.Años pasaron bajo la tutela de los mejores, aquellos sujetos ya habían avanzado a la preadolescencia. Aquel niño había subido rápidamente a llamar la atención de ciertos rangos. Entre él y su grupo se había formado una tropilla singular, capaz de superar en estadísticas físicas a los conscriptos que venían de las ciudades. Con iniciativa y su corazón puro, el soldado podría alcanzar un puesto de Sargento cuando alcance su mayoría de edad. Un sueño que siempre vivió en el corazón del soldado, agradecido por la idea de poder servir a la Zarina que salvó su vida y dejó una ambición en su corazón alimentado por las llamas.𝑫𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒄𝒊𝒆𝒏𝒕𝒐 𝒄𝒊𝒏𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒂, 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒄𝒊𝒆𝒏.Los ahora nombrados Fatui, juraron su lealtad como fieles hombres que tenían un propósito, un camino, una forma de vida basada en la lealtad y el deber. Soldados perfectos, mejorados física, mental y espiritualmente. Habían obtenido maestría en sus armas, sus engaños, sus tácticas de guerrilla e incluso su combate cuerpo a cuerpo. Una avanzadilla de elogio, capaz de doblegar en fuerza aún en desventaja de 3 a 1.Pero, había una sonrisa tras bambalinas. Una sombra oscura y siniestra proveniente de Sumeru que en un punto vio aquel éxito y aún así, tenía hambre de más. Moviendo conexiones, convenciendo gente importante, aquel buitre designó una última misión. Un intento de jugar con las emociones, llevar al límite a los verdaderos guerreros entre esos soldados.𝑫𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒄𝒊𝒆𝒏, 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒗𝒆𝒊𝒏𝒕𝒆.No todos tenían la fortaleza mental y física para poder aguantar las constantes torturas y experimentos que Dottore tenía pensado para aquella avanzadilla de soldados. Muchos morían de necrosis o alguna infección horrible causada por el constante mutágeno que el doctor había metido en la sangre de todos. Si, todos reaccionan distinto a ello, pero a medida que los sujetos de experimento fallecían, Dottore solo encontraba más y más respuestas a sus preguntas. Ahora podían aguantar más su aire, su fuerza era imposible, su velocidad equiparable a un ave en vuelo… Pero aún quedaba un último experimento por realizar.“Se cuenta de una leyenda en Sumeru, un viejo ritual maldito que contaba de juntar cien Milpiés Paihana. El chamán debía tomar aquellos insectos y dejarlos todos en una vasija por cuarenta días y cuarenta noches. Rumores contaban que el Milpiés que sobreviviese, tendría el veneno y la fuerza de los otros noventa y nueve.”Dottore juntó a los veinte restantes y los sumó, completando con prisioneros de guerra, experimentos fallidos y soldados de la propia Snezhnaya. Cien hombres, encerrados con suficiente comida para uno. Todo en un experimento bajo tierra, sellado y olvidado por dios.𝑫𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒗𝒆𝒊𝒏𝒕𝒆, 𝒔𝒐́𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒐́ 𝒖𝒏𝒐…El portón de piedra yacía destruido en el suelo por los hombres del Capitano. Ojos inyectados en sangre, más similares a un animal que a los de un ser humano. El aroma a carne putrefacta y los cadáveres daban una ilusión de que en esa cripta no había sobrevivido ni un alma. Un experimento fallido, ya sea por falta de interés de su dueño o por una negligencia en los cálculos. Sin embargo, los ojos inyectados en sangre y el primer lanzamiento de una bola de fuego hacia el grupo fueron la muestra de su equivocación.Fue fácil para ellos el desviarla, pero la imagen frente a ellos, sí sería difícil de olvidar.Cabello rojizo y rubio, bendecidos por el mismo fuego, ojos rojos inyectados en sangre, su ritmo tambaleante en cada paso. La razón por la que algunos cuerpos tenían marcas de dientes y pedazos arrancados. Aquel soldado sobreviviente cargaba una ensangrentada visión pyro en su diestra y unas chapas con un nombre, apretándolas con lo que le quedaba de fuerza. Y antes de dar dos pasos más, cayó de rodillas, agotado.El ritual original duraba cuarenta días. El soldado estuvo allí durante tres meses enteros.𝑫𝒆 𝒂𝒒𝒖𝒆𝒍 𝒖𝒏𝒐… 𝑺𝒐́𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒐́ 𝑫𝒊𝒎𝒊𝒕𝒓𝒊.
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